El Mostrador: La Pre-Verdad (por Rafael Sousa)

Publicado el: 13 febrero, 2017
13 Feb 2017

La información que entregan los gobiernos, medios de comunicación y grandes empresas, entre otras, que consensuadamente entendíamos como verdadera, hoy es objeto de controversias. Cada vez hay más grupos que cuestionan la información oficial y ofrecen alternativas. Por otra parte, esta misma saturación informativa ha producido un efecto paradójico, que es el retorno a la confianza en las fuentes más cercanas como la familia y los amigos.

De un momento a otro parece que las personas en todo el mundo dejaron de construir sus opiniones políticas – y quizás cuántas otras – en base a antecedentes reales y objetivos, superaron esa incómoda carga de lidiar con los datos y pasaron a una nueva era en que lo más importante son las apelaciones emocionales y creencias personales.

Cierren los Think Tanks, despidan a todos los expertos en políticas públicas y reemplácenlos por brujos capaces de mover a las masas en la dirección que quieran. ¿De esto se trata la post-verdad? Albert Einstein dijo que todo debe hacerse tan simple como sea posible pero no más que eso, algo que en el uso de este concepto definitivamente ha fallado.

Cuando se trata de actitudes hacia fenómenos políticos, la opinión pública está fuertemente guiada por los juicios morales, es decir, una evaluación sobre qué está bien y qué está mal. Pero como lo ha notado el sicólogo Robert Zajonc en el marco de la teoría de la primacía afectiva, este razonamiento siempre está antecedido por una reacción automática y afectiva de gusto o disgusto que nos impulsa a aceptar o evadir un estímulo.

Por eso las discusiones sobre política o religión casi nunca terminan bien, porque en buena parte giran en torno a principios morales sobre los cuales hemos construido nuestra identidad y nuestro sentido de pertenencia, lo que nos hace muy poco dados a incorporar información que contradiga estas creencias.

El experto en opinión pública, John Zaller publicó hace 25 años su libro The Nature and Origins of Mass Opinion, donde plantea que la opinión es una mezcla de información y predisposición: información para formar una imagen mental de un cierto tema y predisposición para motivar una conclusión sobre ese tema. Por eso una persona con una jubilación de 150 mil pesos mensuales difícilmente va a tener una opinión favorable del sistema de pensiones, simplemente no está predispuesto a razonar sobre información contraria a la realidad que vive. Como plantea el psicólogo social Jonathan Haidt, quien estuvo recientemente en Chile, el razonamiento moral, cuando sucede, es usualmente un proceso posterior en el que se busca evidencia para sostener una reacción intuitiva que se tuvo inicialmente.

El concepto de post-verdad -definido por el diccionario Oxford como las circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que las apelaciones a la emoción y la creencia personal- puede ser nuevo, pero el fenómeno no lo es, salvo por el hecho de que quizás por primera vez, el mayor exponente de la política visceral no es un líder latinoamericano, africano o del sudeste asiático, sino el presidente de la democracia más fuerte del mundo.

Lo que es realmente nuevo es el escenario en que se da este fenómeno. Por una parte, el crecimiento en todo el mundo del acceso a la información y a fuentes más diversas -la sociedad de la transparencia y la vigilancia descrita por Byung-Chul Han- ha sido uno de los catalizadores de la desconfianza hacia las instituciones.

La información que entregan los gobiernos, medios de comunicación y grandes empresas, entre otras, que consensuadamente entendíamos como verdadera, hoy es objeto de controversias. Cada vez hay más grupos que cuestionan la información oficial y ofrecen alternativas. Por otra parte, esta misma saturación informativa ha producido un efecto paradójico, que es el retorno a la confianza en las fuentes más cercanas como la familia y los amigos.

La opinión sobre asuntos que implican un razonamiento moral, incluida la política, nunca ha tenido su fundamento en la pretensión de llegar a la verdad, sino en la certeza intuitiva de que la opinión es una herramienta funcional al reforzamiento de la propia identidad y del vínculo que nos une con nuestras redes de colaboración primarias. En otras palabras, una especie de pre-verdad.

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