Nota de Pulso sobre nuestro Segundo Zoom a la Confianza en las Empresas

Publicado el: 20 julio, 2017
20 Jul 2017

Grupos de menores ingresos mejoran su confianza en las empresas

En tanto, los hogares mostraron mayor capacidad de financiamiento en el periodo que llegó a un 5,4% del ingreso disponible.

Durante el primer trimestre de 2017, la necesidad de financiamiento de las empresas no financieras aumentó a un 2,9%, lo que significa un aumento de 0,3 punto porcentual respecto al periodo previo mientras. Así lo dio a conocer el Banco Central esta mañana a través del informe de Cuentas Nacionales.

En tanto, la deuda de las compañías representó 105,7% del PIB, disminuyendo 0,8 punto porcentual respecto del cierre de año, “en línea con el menor flujo de préstamos contratados tanto en Chile como en el exterior”, dice el Central.

En el caso de los hogares, por el contrario, se registró mayor capacidad de financiamiento en ese lapso que llegó a 5,4% del ingreso disponible y que es 0,4 punto porcentual mayor que el cierre de 2016. Según el informe, en este lapso, los hogares adquirieron activos financieros equivalentes a un 12,2% del ingreso disponible, “especialmente aportes a los fondos de pensiones (8,1pp.), y contrataron pasivos, por el equivalente a 6,8%, principalmente préstamos bancarios”.

Además, mostraron un ratio deuda/ingreso de 68,5%, superior al cierre de diciembre en 0,3 punto porcentual, y que se explica por el aumento de los préstamos bancarios para la adquisición de viviendas.

 

Reportaje de CNN Chile sobre nuestro estudio de confianza en las empresas.

Publicado el: 20 marzo, 2017
20 Mar 2017

De acuerdo a los datos de un estudio elaborado por ICC Crisis con los datos de la última encuesta CEP, sólo el 15% de los chilenos tiene una alta confianza en las empresas privadas.

En esa línea, las cifras muestran que solo el 1% tiene “mucha confianza” en estas organizaciones, mientras que un 35% declara tener “nada de confianza” en las mismas. 

El director del Centro de Estudios FEN UDD, Cristián Echeverría, dijo a CNN Chile que “la lectura tradicional es el rechazo (…) estamos sufriendo una especie de actualización a estándares de exigencia de lo que esperamos de nuestras empresas, de nuestro banco, de nuestras universidades, de nuestras iglesias, en fin”.

Conoce el desglose de todos los datos en el video adjunto.

 

 

Descarga nuestro informe AQUÍ

Leer en sitio web de CCN Chile.

El Mostrador: La Pre-Verdad (por Rafael Sousa)

Publicado el: 13 febrero, 2017
13 Feb 2017

La información que entregan los gobiernos, medios de comunicación y grandes empresas, entre otras, que consensuadamente entendíamos como verdadera, hoy es objeto de controversias. Cada vez hay más grupos que cuestionan la información oficial y ofrecen alternativas. Por otra parte, esta misma saturación informativa ha producido un efecto paradójico, que es el retorno a la confianza en las fuentes más cercanas como la familia y los amigos.

De un momento a otro parece que las personas en todo el mundo dejaron de construir sus opiniones políticas – y quizás cuántas otras – en base a antecedentes reales y objetivos, superaron esa incómoda carga de lidiar con los datos y pasaron a una nueva era en que lo más importante son las apelaciones emocionales y creencias personales.

Cierren los Think Tanks, despidan a todos los expertos en políticas públicas y reemplácenlos por brujos capaces de mover a las masas en la dirección que quieran. ¿De esto se trata la post-verdad? Albert Einstein dijo que todo debe hacerse tan simple como sea posible pero no más que eso, algo que en el uso de este concepto definitivamente ha fallado.

Cuando se trata de actitudes hacia fenómenos políticos, la opinión pública está fuertemente guiada por los juicios morales, es decir, una evaluación sobre qué está bien y qué está mal. Pero como lo ha notado el sicólogo Robert Zajonc en el marco de la teoría de la primacía afectiva, este razonamiento siempre está antecedido por una reacción automática y afectiva de gusto o disgusto que nos impulsa a aceptar o evadir un estímulo.

Por eso las discusiones sobre política o religión casi nunca terminan bien, porque en buena parte giran en torno a principios morales sobre los cuales hemos construido nuestra identidad y nuestro sentido de pertenencia, lo que nos hace muy poco dados a incorporar información que contradiga estas creencias.

El experto en opinión pública, John Zaller publicó hace 25 años su libro The Nature and Origins of Mass Opinion, donde plantea que la opinión es una mezcla de información y predisposición: información para formar una imagen mental de un cierto tema y predisposición para motivar una conclusión sobre ese tema. Por eso una persona con una jubilación de 150 mil pesos mensuales difícilmente va a tener una opinión favorable del sistema de pensiones, simplemente no está predispuesto a razonar sobre información contraria a la realidad que vive. Como plantea el psicólogo social Jonathan Haidt, quien estuvo recientemente en Chile, el razonamiento moral, cuando sucede, es usualmente un proceso posterior en el que se busca evidencia para sostener una reacción intuitiva que se tuvo inicialmente.

El concepto de post-verdad -definido por el diccionario Oxford como las circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que las apelaciones a la emoción y la creencia personal- puede ser nuevo, pero el fenómeno no lo es, salvo por el hecho de que quizás por primera vez, el mayor exponente de la política visceral no es un líder latinoamericano, africano o del sudeste asiático, sino el presidente de la democracia más fuerte del mundo.

Lo que es realmente nuevo es el escenario en que se da este fenómeno. Por una parte, el crecimiento en todo el mundo del acceso a la información y a fuentes más diversas -la sociedad de la transparencia y la vigilancia descrita por Byung-Chul Han- ha sido uno de los catalizadores de la desconfianza hacia las instituciones.

La información que entregan los gobiernos, medios de comunicación y grandes empresas, entre otras, que consensuadamente entendíamos como verdadera, hoy es objeto de controversias. Cada vez hay más grupos que cuestionan la información oficial y ofrecen alternativas. Por otra parte, esta misma saturación informativa ha producido un efecto paradójico, que es el retorno a la confianza en las fuentes más cercanas como la familia y los amigos.

La opinión sobre asuntos que implican un razonamiento moral, incluida la política, nunca ha tenido su fundamento en la pretensión de llegar a la verdad, sino en la certeza intuitiva de que la opinión es una herramienta funcional al reforzamiento de la propia identidad y del vínculo que nos une con nuestras redes de colaboración primarias. En otras palabras, una especie de pre-verdad.

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Pulso: Una revolución desde el living

Publicado el: 22 diciembre, 2016
22 Dic 2016

Por Rafael Sousa Amunategui. Chile está viviendo una tensión entre valores progresistas que difunden los medios y valores conservadores fuertemente arraigados.

EL 45% de los chilenos cree que la llegada de inmigrantes es mala, el 63% está en desacuerdo con que un eventual aporte adicional al sistema de pensiones vaya a un fondo común, y el 63% de los padres y madres prefiere que sus hijos se eduquen en un establecimiento donde los alumnos tengan un nivel socioeconómico parejo y parecido al suyo.

¿Qué tienen en común estos datos? Todos representan posiciones ampliamente compartidas-mayoritarias en algunos casos-, pero que se encuentran en la zona de lo políticamente incorrecto, eso que se puede pensar pero no decir, lo que se comparte sólo con los círculos familiares y de amistad más íntimos.

El que estas ideas tengan poca difusión en proporción a la adhesión que generan parece contradictorio, pero tiene algunas explicaciones. Una de las más convincentes la encontraremos en los medios de comunicación masivos y las redes sociales, espacios a los que, en las sociedades modernas, se les atribuye con razón una gran capacidad de influir en la opinión de las personas.

Basta poner atención al tratamiento que se da en los espacios noticiosos de televisión o al tono que prevalece en las redes sociales cuando se habla de temas como diversidad de género, raza o cultura, para darnos cuenta de que en esos ámbitos, la batalla cultural e ideológica la ha ganado la moral progresista por lejos, promoviendo principios como la integración, la tolerancia y la equidad. En otros tiempos, la muñeca inflable de Roberto Fantuzzi quizá hubiera sido una anécdota simpática, pero hoy resulta indefendible, incluso para quienes en el fondo de su corazón no lo encuentran tan grave.

El efecto que produce el predominio de los valores progresistas en las plataformas de comunicación masivas es la sensación de que toda la opinión pública avanza rápidamente en esa dirección, generando una espiral del silencio de los puntos de vista conservadores. El discurso progresista, como cualquier otro, cuenta con representantes sinceros y cínicos, serios y charlatanes, realistas e ingenuos, pero más allá del juicio que cada uno haga sobre quienes lo promueven, el resultado es un clima de fuerte condena pública hacia los que desafían estos valores o no hacen un esfuerzo por disimular su desacuerdo con la inmigración abierta, los aportes solidarios en el ámbito de las pensiones o la restricción de la educación privada, entre otros temas.

Como a la mayoría de las personas no les gusta ser objeto de juicios sociales ni bullyng, muchas de estas opiniones quedan en los márgenes de los espacios de difusión masivos, pero toman fuerza en las conversaciones privadas, en el interior de los hogares, donde encuentran complicidades y se potencian lejos de una esfera pública que las enjuicia.

En tiempos en que los medios y las redes sociales han sido canalizadores del descontento contra el poder político y económico en todo el mundo, levantando demandas y coordinando movimientos a una velocidad que ha descolocado a las instituciones, parece una ironía que las ideas más revolucionarias puedan ser aquellas que fundamentalmente se están compartiendo en los livings de las casas. Pero es posible.

La baja aprobación hacia los resultados del actual Gobierno no significa necesariamente que la sociedad renuncie a una agenda inspirada en valores progresistas. Sin embargo, en un contexto de bajo crecimiento económico, alto temor por el desempleo, trabajadores chilenos que se quejan porque los inmigrantes parecen estar ocupando sus puestos, hastío con la delincuencia, y considerando que las reformas en pensiones y educación escolar pueden chocar con una masa de ciudadanos que no comulga con los principios progresistas, la posibilidad de que cobre fuerza un discurso conservador depende fundamentalmente de que emerjan actores capaces de interpretar esas opiniones, que las saquen de las sombras de lo políticamente incorrecto y estén dispuestos a competir por el espacio de los medios de comunicación y la esfera pública en general.

Buena parte del triunfo de Donald Trump en Estados Unidos está explicado por fenómenos de este tipo, antecedidos por una fuerte polarización entre progresistas y conservadores que espero no veamos en nuestro país y que nuestros líderes tendrán la responsabilidad de evitar.

Chile, con sus propias complejidades, está empezando a vivir algo similar en cuanto a la tensión entre valores progresistas masivamente difundidos por los medios y valores conservadores distantes de estos espacios pero fuertemente arraigados en buena parte de la ciudadanía, esperando por intérpretes que les den forma de propuesta política en ámbitos como inmigración, educación, pensiones y agenda valórica, y que de tener éxito en el corto plazo, cambiarían radicalmente el escenario electoral de 2017.

*El autor es director general de ICC Crisis, magíster en Comunicación de la UDP y profesor en la Facultad de Comunicación y Letras de la UDP.

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