Nota de Pulso sobre nuestro Segundo Zoom a la Confianza en las Empresas

Publicado el: 20 julio, 2017
20 Jul 2017

Grupos de menores ingresos mejoran su confianza en las empresas

En tanto, los hogares mostraron mayor capacidad de financiamiento en el periodo que llegó a un 5,4% del ingreso disponible.

Durante el primer trimestre de 2017, la necesidad de financiamiento de las empresas no financieras aumentó a un 2,9%, lo que significa un aumento de 0,3 punto porcentual respecto al periodo previo mientras. Así lo dio a conocer el Banco Central esta mañana a través del informe de Cuentas Nacionales.

En tanto, la deuda de las compañías representó 105,7% del PIB, disminuyendo 0,8 punto porcentual respecto del cierre de año, “en línea con el menor flujo de préstamos contratados tanto en Chile como en el exterior”, dice el Central.

En el caso de los hogares, por el contrario, se registró mayor capacidad de financiamiento en ese lapso que llegó a 5,4% del ingreso disponible y que es 0,4 punto porcentual mayor que el cierre de 2016. Según el informe, en este lapso, los hogares adquirieron activos financieros equivalentes a un 12,2% del ingreso disponible, “especialmente aportes a los fondos de pensiones (8,1pp.), y contrataron pasivos, por el equivalente a 6,8%, principalmente préstamos bancarios”.

Además, mostraron un ratio deuda/ingreso de 68,5%, superior al cierre de diciembre en 0,3 punto porcentual, y que se explica por el aumento de los préstamos bancarios para la adquisición de viviendas.

 

Pulso: Una revolución desde el living

Publicado el: 22 diciembre, 2016
22 Dic 2016

Por Rafael Sousa Amunategui. Chile está viviendo una tensión entre valores progresistas que difunden los medios y valores conservadores fuertemente arraigados.

EL 45% de los chilenos cree que la llegada de inmigrantes es mala, el 63% está en desacuerdo con que un eventual aporte adicional al sistema de pensiones vaya a un fondo común, y el 63% de los padres y madres prefiere que sus hijos se eduquen en un establecimiento donde los alumnos tengan un nivel socioeconómico parejo y parecido al suyo.

¿Qué tienen en común estos datos? Todos representan posiciones ampliamente compartidas-mayoritarias en algunos casos-, pero que se encuentran en la zona de lo políticamente incorrecto, eso que se puede pensar pero no decir, lo que se comparte sólo con los círculos familiares y de amistad más íntimos.

El que estas ideas tengan poca difusión en proporción a la adhesión que generan parece contradictorio, pero tiene algunas explicaciones. Una de las más convincentes la encontraremos en los medios de comunicación masivos y las redes sociales, espacios a los que, en las sociedades modernas, se les atribuye con razón una gran capacidad de influir en la opinión de las personas.

Basta poner atención al tratamiento que se da en los espacios noticiosos de televisión o al tono que prevalece en las redes sociales cuando se habla de temas como diversidad de género, raza o cultura, para darnos cuenta de que en esos ámbitos, la batalla cultural e ideológica la ha ganado la moral progresista por lejos, promoviendo principios como la integración, la tolerancia y la equidad. En otros tiempos, la muñeca inflable de Roberto Fantuzzi quizá hubiera sido una anécdota simpática, pero hoy resulta indefendible, incluso para quienes en el fondo de su corazón no lo encuentran tan grave.

El efecto que produce el predominio de los valores progresistas en las plataformas de comunicación masivas es la sensación de que toda la opinión pública avanza rápidamente en esa dirección, generando una espiral del silencio de los puntos de vista conservadores. El discurso progresista, como cualquier otro, cuenta con representantes sinceros y cínicos, serios y charlatanes, realistas e ingenuos, pero más allá del juicio que cada uno haga sobre quienes lo promueven, el resultado es un clima de fuerte condena pública hacia los que desafían estos valores o no hacen un esfuerzo por disimular su desacuerdo con la inmigración abierta, los aportes solidarios en el ámbito de las pensiones o la restricción de la educación privada, entre otros temas.

Como a la mayoría de las personas no les gusta ser objeto de juicios sociales ni bullyng, muchas de estas opiniones quedan en los márgenes de los espacios de difusión masivos, pero toman fuerza en las conversaciones privadas, en el interior de los hogares, donde encuentran complicidades y se potencian lejos de una esfera pública que las enjuicia.

En tiempos en que los medios y las redes sociales han sido canalizadores del descontento contra el poder político y económico en todo el mundo, levantando demandas y coordinando movimientos a una velocidad que ha descolocado a las instituciones, parece una ironía que las ideas más revolucionarias puedan ser aquellas que fundamentalmente se están compartiendo en los livings de las casas. Pero es posible.

La baja aprobación hacia los resultados del actual Gobierno no significa necesariamente que la sociedad renuncie a una agenda inspirada en valores progresistas. Sin embargo, en un contexto de bajo crecimiento económico, alto temor por el desempleo, trabajadores chilenos que se quejan porque los inmigrantes parecen estar ocupando sus puestos, hastío con la delincuencia, y considerando que las reformas en pensiones y educación escolar pueden chocar con una masa de ciudadanos que no comulga con los principios progresistas, la posibilidad de que cobre fuerza un discurso conservador depende fundamentalmente de que emerjan actores capaces de interpretar esas opiniones, que las saquen de las sombras de lo políticamente incorrecto y estén dispuestos a competir por el espacio de los medios de comunicación y la esfera pública en general.

Buena parte del triunfo de Donald Trump en Estados Unidos está explicado por fenómenos de este tipo, antecedidos por una fuerte polarización entre progresistas y conservadores que espero no veamos en nuestro país y que nuestros líderes tendrán la responsabilidad de evitar.

Chile, con sus propias complejidades, está empezando a vivir algo similar en cuanto a la tensión entre valores progresistas masivamente difundidos por los medios y valores conservadores distantes de estos espacios pero fuertemente arraigados en buena parte de la ciudadanía, esperando por intérpretes que les den forma de propuesta política en ámbitos como inmigración, educación, pensiones y agenda valórica, y que de tener éxito en el corto plazo, cambiarían radicalmente el escenario electoral de 2017.

*El autor es director general de ICC Crisis, magíster en Comunicación de la UDP y profesor en la Facultad de Comunicación y Letras de la UDP.

Leer en sitio web de Pulso

El mostrador: Lo que Trump construyó (o destruyó)

Publicado el: 21 noviembre, 2016
21 Nov 2016

“La base para entender lo que ha pasado es el descontento de muchos estadounidenses con el curso que ha seguido su país. Trump les habló a ellos y a nadie más, por eso a los extranjeros nos resulta difícil compartirlo, siquiera entender la fuerza de su discurso. Los motivos del descontento al que apeló son diversos, pero tres temas fueron centrales en su retórica: el curso de la economía, la seguridad y las minorías raciales e inmigrantes. Sobre estos asuntos se han generado, a lo largo de los últimos veinte años, posiciones que hoy parecen irreconciliables, y que redujeron esta campaña a una gran decisión: mantener las puertas de Estados Unidos abiertas al mundo o cerrarlas”.

Para todos quienes no somos ciudadanos estadounidenses es extremadamente difícil entender cómo Donald Trump llegó a ser elegido presidente de la democracia más fuerte del mundo. Pero después de una semana en Estados Unidos siguiendo estas elecciones, asistiendo a los rallies finales de campaña de ambos candidatos y hablando con expertos locales, algunas pistas permiten entender el fenómeno y sus proyecciones.

Pese a que muy pocos le daban posibilidades reales al candidato republicano, resultó ser muy sintomática la diferencia entre sus actos de cierre de campaña y los de Hilary Clinton. Por el lado de la candidata demócrata grandes artistas, ambiente festivo pero poco entusiasmo político. Ella parecía una invitada donde debía ser la estrella. Por parte de Trump, un electorado comprometido, con el sentimiento de estar haciendo historia y capaz de esperar de pie por seis horas hasta la madrugada para ver a su candidato, después de escuchar un CD (sí, un CD) con música de relleno que se repetía una y otra vez.

La base para entender lo que ha pasado es el descontento de muchos estadounidenses con el curso que ha seguido su país. Trump les habló a ellos y a nadie más, por eso a los extranjeros nos resulta difícil compartirlo, siquiera entender la fuerza de su discurso. Los motivos del descontento al que apeló son diversos, pero tres temas fueron centrales en su retórica: el curso de la economía, la seguridad y las minorías raciales e inmigrantes. Sobre estos asuntos se han generado, a lo largo de los últimos veinte años, posiciones que hoy parecen irreconciliables, y que redujeron esta campaña a una gran decisión: mantener las puertas de Estados Unidos abiertas al mundo o cerrarlas y, como mucho, mantener algunas ventanas abiertas.

Las posiciones de los estadounidense sobre estos temas se movieron cada vez más hacia los polos y permitieron el surgimiento de Trump, un hombre de negocios blanco, exitoso, agresivo, famoso, de personalidad magnética y externo a la política, urbano con valores rurales y conservador con rasgos de playboy.

Así, Trump se transformó en un intérprete de los más enrabiados, los que sienten que ya no pueden reconocer el país en que viven y han vivido sus abuelos y bisabuelos. Para transformar esta rabia en un llamado a la acción prometió y encarnó un regreso a los días de gloria de Estados Unidos. De eso se trató “make America great again”: un retorno a los valores del Estados Unidos rural, religioso, de trabajo duro, familia tradicional, sin amenazas terroristas como las conocemos, donde las minorías eran realmente minorías, los empleos se quedaban en el país y los bienes se producían dentro de la frontera.

Pero hasta la irrupción de Trump en la política, esta retórica de un Estados Unidos para los estadounidenses había entrado en una espiral de silencio que duró quizás una generación. El mayor éxito de Trump fue sacar ese discurso de la zona políticamente incorrecta, y nos dimos cuenta de que paralelamente al Estados Unidos cosmopolita y abierto de las grandes ciudades, existía una enorme masa que quiere lo opuesto, porque no les gusta aquello en lo que su país se ha transformado.

Lo más fácil es caricaturizar a los votantes de Trump como campesinos racistas e intolerantes, pero las simplificaciones siempre son dañinas. Ellos sienten que construyeron el mejor país del mundo y ahora lo tienen que compartir con otros que, en muchos casos, llegan a este país al margen de la ley para quedarse con un pedazo de lo que ellos sienten haber edificado, frenando el desarrollo del país y cambiando las costumbres y valores de lo que ellos entienden como comunidad.

Lo que muchos se preguntan ahora es qué va a pasar con lo que Trump construyó (o destruyó), más allá de lo que resulte ser su administración. Probablemente él deberá pagar un costo alto por los heridos que dejó en el camino, tanto en el Partido Republicano como en el establishment en general, lo seguirán investigando y le será difícil gobernar por el alto rechazo que genera. Sin embargo, lo que el ahora presidente electo logró entre los estadounidenses es más que ganar una elección, es un movimiento del que otros actores conservadores probablemente buscarán ser nuevos intérpretes.

Trump no solo ganó la Casa Blanca sino también –nos guste o no– el corazón de quienes añoran un pasado que consideran glorioso, en que las caras les resultaban conocidas y los productos que consumían no decían Made In China, pese a que paradójicamente ese era el origen de las gorras sobre las cabezas de miles de estadounidenses que gritaban “make America great again”.

Rafael Sousa

Leer en sitio web de El Mostrador

El Mostrador: De la crisis de opinión pública a la crisis de legitimidad

Publicado el: 16 agosto, 2016
16 Ago 2016

“El sistema de pensiones es el caso más evidente hoy, porque tiene todos los componentes necesarios: disconformidad mayoritaria, existencia de alternativas reales y ahora una fuerte movilización hacia el cambio, tal como pasó con la institucionalidad de la educación a partir de 2011”.

Cuando el ex Presidente Lagos habla, la agenda mediática y política se mueve. Más si lo hace diagnosticando una crisis profunda, ya no solo política sino institucional, cuya causa es la pérdida de legitimidad de las instituciones producto de la desconfianza. Puede haber mayor o menor acuerdo en cuanto a la dimensión de la crisis por la que atraviesa el país, pero hay evidencia suficiente como para afirmar que existe. Por eso es más responsable discutirla que disimularla.

Lo más visible es que vivimos una crisis de opinión pública hacia las instituciones. Las personas desconfían mayoritariamente del Gobierno, Congreso, Justicia, partidos políticos y las grandes empresas. En general, el poder y la corrupción parecen tener el mismo olor para efectos de la opinión pública, se sospecha de todo. Según la reciente encuesta Mori-Cerc, desde marzo de 2015 más de un 50% cree que Chile está estancado y un 27% piensa que estamos en decadencia, siete puntos más que en diciembre de 2015. Pronóstico nublado, con fuertes lluvias ocasionales, como está pasando en buena parte del mundo.

¿Esta crisis de opinión pública significa que estamos en medio de una crisis de legitimidad institucional? No necesariamente, pero una opinión consistentemente negativa extendida en el tiempo puede derivar en una crisis de legitimidad.

La gran diferencia entre una y otra es que las crisis de legitimidad requieren –además de un clima de reprobación– la existencia de alternativas reales, que generen un cierto consenso y que sean movilizadas por actores capaces de cambiar el estado actual de esa institución por uno alternativo.

Por eso podemos convivir años con instituciones que generan una baja confianza, porque no hay alternativas que sean mayoritariamente percibidas como mejores ni actores capaces de hacer crecer esas propuestas en las redes que conforman ciudadanos, influenciadores y tomadores de decisión. Eso produce que la mayor parte de los cambios se produzcan dentro de la institucionalidad, generando continuidad y estabilidad. No las amamos pero las aceptamos.

Sin embargo, hay instituciones que sí viven una crisis de legitimidad. El sistema de pensiones es el caso más evidente hoy, porque tiene todos los componentes necesarios: disconformidad mayoritaria, existencia de alternativas reales y ahora una fuerte movilización hacia el cambio, tal como pasó con la institucionalidad de la educación a partir de 2011. Una situación incipiente pero robusta es la justicia en relación con la seguridad ciudadana.

El caso del padre e hijo que mataron al delincuente que los asaltó a través de un portonazo en la comuna de San Bernardo, ha generado rabia por sensación ampliamente compartida de que se protege más a los victimarios que a las víctimas de estos delitos. Si la percepción de desamparo se sostiene y surgen actores con capacidad movilizadora defendiendo la justicia por mano propia, podemos estar en un problema de legitimidad institucional mayor. Desde este punto de vista, podemos decir que las instituciones viven una crisis de opinión pública generalizada, que algunas han entrado en zona de deslegitimación y que otras van en ese camino.

La amenaza populista consiste justamente en la oferta de alternativas verosímiles, convocantes, movilizadoras, pero desastrosas en la realidad. El otro extremo –la amenaza inmovilista– no es mucho mejor. Como planteó Samuel Huntington hace años, en la medida que las sociedades cambian, también deben hacerlo las instituciones. En este marco, la principal responsabilidad de quienes lideran las instituciones es justamente sostenerlas, hacer que sigan existiendo para lo que deben existir, adaptarlas a las nuevas realidades y lograr que sean percibidas como la mejor alternativa.

Rafael Sousa Amunategui.
Director General de ICC CRISIS, Profesor de la UDP

Leer en sitio web de El Mostrador