Este centro político que necesitamos no se reduce a un punto equidistante de los extremos ni a un árbitro entre propuestas de derecha e izquierda. Tampoco requiere necesariamente de un partido o coalición que se defina de esta manera, aunque sería bueno tenerlos. Es fundamentalmente una disposición hacia el progreso justo, que use a favor de estos fines fuerzas como el mercado y la sociedad. Que promueva, por ejemplo, la actividad empresarial y el derecho a la manifestación porque son fuentes de progreso material y cultural, pero que no dude en ponerles límites cuando la realidad lo amerita. Que persiga una vida digna para la ciudadanía, entendiendo que los derechos requieren financiamiento y el financiamiento necesita responsabilidad.

El centro político en Chile ha sufrido un deterioro comparable al del centro de Santiago: desolado, abusado, abandonado por quienes le daban buena vida, se ha convertido en un espacio visitado solo por necesidad, evitable en lo posible. La Concertación, el único bloque que realmente lo habitó, fue dejándolo por una mezcla de adormecimiento y enamoramiento con el discurso refrescante y la retórica moral de los líderes estudiantiles del 2011 y, luego, del Frente Amplio. La derecha del Presidente Piñera quiso ocupar ese espacio, pero lo vació de contenido político, haciéndolo irreconocible. Mientras tanto, la polarización creció y, a partir de 2019, el caos narrativo de nuestra política dejó espacio a poco más que el grito tribal.

Pero los tiempos cambian. La misma ciudadanía que viene reclamando cambios desde mucho antes de 2019, hoy da señales de no estar dispuesta a que estos sean de cualquier tipo. La fuerza de la opinión pública ha transitado desde el cambio estructural al cambio creíble, es decir, uno cuyos avances no signifiquen retrocesos. Este cambio en el ánimo social es un fuerte incentivo hacia la moderación, y hace del centro un lugar de encuentro que nuevamente parece atractivo. Esto explica, por ejemplo, la diferencia entre el Presidente Boric y el diputado Boric.

La derecha y la izquierda de los extremos no tienen posibilidad alguna de ponerse de acuerdo y, por lo tanto, de ofrecer alternativas de progreso. Sus lógicas se basan en la identificación de un enemigo, un “ellos” que se opone a un “nosotros”. Coexisten en el enfrentamiento, se necesitan para conservar su relevancia como antagonista del otro, sirven juntos al propósito tácito de vaciar el centro. Al contrario, la centroderecha y centroizquierda, no solo tienen una mayor posibilidad teórica de conseguir acuerdos, sino que, en la coyuntura actual, tienen buenos motivos para hacerlo, tanto por el ánimo ciudadano como por la posibilidad de crear consensos que devuelvan la competencia política a los actores moderados.

Este centro político que necesitamos no se reduce a un punto equidistante de los extremos ni a un árbitro entre propuestas de derecha e izquierda. Tampoco requiere necesariamente de un partido o coalición que se defina de esta manera, aunque sería bueno tenerlos. Es fundamentalmente una disposición hacia el progreso justo, que use a favor de estos fines fuerzas como el mercado y la sociedad. Que promueva, por ejemplo, la actividad empresarial y el derecho a la manifestación porque son fuentes de progreso material y cultural, pero que no dude en ponerles límites cuando la realidad lo amerita. Que persiga una vida digna para la ciudadanía, entendiendo que los derechos requieren financiamiento y el financiamiento necesita responsabilidad.

Todos tenemos, en mayor o menor medida, un impulso natural a buscar lo que nos resulta semejante y excluir lo que consideramos amenazante o ajeno a nuestra identidad, sean símbolos, ideas o personas. La diferencia entre el extremo y el moderado es que el primero cree que ese impulso merece ser exaltado porque es genuino, mientras el segundo considera que debe ser controlado porque daña la vida pública, por lo que está dispuesto a transar.

La propuesta de Constitución que votaremos en los próximos días –en cuyo texto apenas se pueden distinguir tenues huellas de moderación– ha cumplido la función insospechada de entregar una nueva oportunidad a la política con vocación de centro. Como las oportunidades requieren alguien que las capitalice, sería un exceso de optimismo pensar que el debate post 4 de septiembre garantiza un camino de vuelta del proceso polarizador que hemos vivido. Sin embargo, como nunca en los últimos años, existen grandes incentivos para que el centro político vuelva a tener vida.

Ver columna aquí https://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/columnas/2022/08/31/una-oportunidad-para-recuperar-el-centro/

Imagen por El Mostrador

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