Los grandes políticos se han caracterizado por su capacidad de interpretar el espíritu de los tiempos, que no es otra cosa que la relación entre el ánimo y las fuerzas dominantes. Normalmente, han sido sabios en distinguir las virtudes que permiten el ascenso al poder, de las que allanan el éxito en su ejercicio. En fin, han sabido armonizar sus convicciones con el contexto.
Pero la cadena de acontecimientos improbables que ha sorprendido a nuestro país en los últimos tres años es una señal de que el espíritu de los tiempos puede ser sorprendentemente efímero. Si defender ciertas convicciones es una buena forma de emerger en la política, como lo han demostrado José Antonio Kast y el Presidente Boric, estas se pueden transformar en un lastre cuando el aspirante se transforma en incumbente. A la ecuación del éxito político, que incluye convicciones y contexto, le empieza a sobrar la primera variable, transformándose en puro contextualismo, esto es, el estricto condicionamiento de las decisiones políticas a las circunstancias inmediatas.
Bajo esta lógica se pueden condenar formas de protesta que hace meses se legitimaban; deshacer un acuerdo por la presidencia de la Cámara de Diputados dado el resultado de un plebiscito; cambiar de posición sobre cómo debe ser el nuevo proceso constituyente atendiendo a las encuestas; negarse a los retiros desde los fondos de pensiones que antes se promovieron o, yendo más atrás, que una presidenta del Senado manifieste su disposición a saltarse la Constitución en nombre de una demanda ciudadana. Ciertamente, si las circunstancias lo reclaman, después se puede volver con la misma facilidad a las posiciones originales, y así. Muchos pueden tener una opinión favorable sobre algunos de estos giros motivados por las circunstancias; efectivamente, la capacidad de cambiar según el contexto es una virtud, cuando se armonizan las ambiciones personales con los propósitos comunes.
En su versión más peligrosa, el contextualismo es un facilitador del populismo, que es la explotación de los miedos y esperanzas de la sociedad con el fin de ganar y conservar el poder, en ausencia de toda consciencia sobre las consecuencias de sus acciones. El contextualismo en política no es en sí mismo positivo ni negativo. Trae algunas oportunidades, como la disposición a ceder en función de lograr acuerdos o de posiciones extremas ante la evidencia. Su gran riesgo, sin embargo, es que baja la predictibilidad y aumenta la volatilidad de los procesos de decisión.
El contextualismo es uno de los principales legados de la forma en que se comportan las autoridades políticas, que dejan los tres años de eventos inesperados que hemos vivido. Mientras el mapa de poder siga en proceso de configuración y se mantenga la fragmentación de nuestro sistema político, es probable que el contextualismo perdure.

>>“A la ecuación del éxito político, que incluye convicciones y contexto, le empieza a sobrar la primera variable”.

 

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