Por Rafael Sousa, máster en Ciencia Política UC; socio en ICC Crisis
El Presidente Boric enfrentará desde marzo el mismo dilema al que todos los mandatarios entrantes se han enfrentado: qué hacer con las expectativas de la que son objeto. Frecuentemente escuchamos que estas deben ser manejadas, aunque esto no siempre es posible o conveniente.
Entender el manejo de las expectativas como un simple ajuste a la baja es un error. Los candidatos deben crearlas para ganar, pero los presidentes también las necesitan para gobernar, especialmente cuando se trata de un progresista que, por definición, es elegido para que el futuro sea distinto al presente. Nuestro análisis sobre datos de opinión pública desde 2002 (encuestas Latinobarómetro), muestra que existe una relación relevante entre la aprobación hacia los presidentes, la creencia de que la economía mejorará, y que el país está progresando. En cambio, la relación entre la aprobación del Presidente, la situación económica actual del país, y la situación económica personal, es mucho más débil o casi inexistente. Al parecer, una proporción muy importante de la ciudadanía juzga a los presidentes por el horizonte que nos hace ver -por la expectativa que nos genera- más que por el resultado inmediato y el beneficio propio que les significa su gestión.
Manejar expectativas no es otra cosa que saber decepcionarlas en algún grado. Un juego riesgoso, al que los gobernantes a veces se ven obligados, pero que no debiera ser su punto de partida. En el contexto actual, en que el ánimo dominante es de cambio -ánimo que probablemente crezca si tenemos una nueva Constitución-, difícilmente se pueda manejar la expectativa de las personas respecto de sus anhelos. Recorrer ese camino llevaría a la frustración, algo que ha demostrado ser tierra fértil para la agitación social, el populismo y la ingobernabilidad. Apelar a la falta de medios económicos (déficit fiscal) y políticos (Congreso fragmentado, poca voluntad de grupos de poder) para moderar las expectativas de cambio, no parece mucho mejor. Por otra parte, el gobierno siempre tendrá a la mano la alternativa de avanzar en los cambios galopando con anteojeras, idea que parece la peor de todas, ya que la reacción de la economía rápidamente permeará a la opinión pública, minando las propias expectativas que se busca mantener vivas.
Para ser exitoso, el gobierno de Boric necesita andar un camino angosto y sin barandas, pero que puede ser transitado aprendiendo de experiencias pasadas. Quizás el mejor referente al respecto es el segundo gobierno de Bachelet, quien también fue elegida en un ánimo reformista, y que pese al amplio margen con que ganó la Presidencia, ya en su sexto mes de gobierno tenía un 50% de rechazo hacia su reforma tributaria, casi un 70% opinaba que la economía estaba estancada o en retroceso y, en consecuencia, la desaprobación hacia su gobierno se había doblado desde el comienzo de su administración (datos de Cadem). En este deterioro de la expectativa, jugó un papel central la retórica anti empresarios, que reclamando falta de voluntad de “los poderosos de siempre”, produjo un clima de polarización y baja expectativa de progreso, que la moderación posterior nunca pudo revertir.
La expectativa que el futuro Presidente necesita crear para ser exitoso, depende tanto de mantener el horizonte de reformas, como de producir una confianza generalizada de que los cambios son posibles. Para eso, necesitará ofrecer más consensos y menos derrotas a grupos con los que no tiene una afinidad natural, creando un clima en el que el progreso sea, a la vez, deseado y percibido como factible.

 

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