BOCA, RIVER Y LA INSTITUCIONALIDAD

El ex Presidente Ricardo Lagos popularizó una frase que en Chile han reproducido líderes de todos los sectores cuando distintos actores reclaman diferentes desenlaces para una controversia: “Dejemos que las instituciones funcionen”.

Apela al republicanismo, al cumplimiento de los procedimientos que hemos acordado para resolver conflictos. ¿Podría alguien reproducir esa frase en Argentina sin que su Twitter explote en insultos?

El espectáculo que dejó la inconclusa final de la Copa Libertadores entre los clubes argentinos fue chocante, pero el vacío institucional que desnudó este capítulo es deprimente. A comienzos de noviembre, el Presidente Macri -cuyo esfuerzo por reinstitucionalizar Argentina es innegable- pidió que las finales entre Boca y River se jugaran con público visitante (algo que no se hace desde 2013), solicitándole a la ministra de Seguridad que trabajara con el ministro de Justicia y Seguridad de la ciudad de Buenos Aires con ese propósito. La idea no prosperó, las policías de todas formas fueron ampliamente desbordadas y el jefe de la seguridad bonaerense tuvo que renunciar. El desenlace no es una muestra de la poca capacidad de las partes involucradas para organizar un operativo de seguridad, sino la constatación de que en Argentina nadie sabe (o nadie quiere saber) quién trabaja para quién. Un país con un capital humano excepcional, en que la cultura depredadora de la “viveza criolla” está institucionalizada y domina demasiadas áreas.

La encuesta latinobarómetro muestra que el 50% de los argentinos acepta “cierto grado de corrupción siempre que se solucionen los problemas del país”.  Este dato no significa que la mitad de Argentina esté a favor de la corrupción, sino que están resignados. Cuando asumimos que este fenómeno es parte de la vida, sólo queda esperar que, en algún momento, nos favorezca.

En Chile, quiénes aceptan esta corrupción funcional alcanzan el 34% (2017), diez puntos más que en 2002. No es poco. Economistas destacados, como Daron Acemoglu, han demostrado la relevancia de las instituciones en el desarrollo de los países. La corrupción es la muerte de esa posibilidad. Nunca es muy temprano para alertar un riesgo como éste, que en el futuro puede hacernos incapaces de organizar un partido de fútbol y que el “dejas que las instituciones funcionen” suene como un mal chiste. 

10 de Agosto 2018, La Segunda – columna Rafael Sousa

Link: https://digital.lasegunda.com/2018/11/30/A/FS3GP8H9