Las pasadas elecciones nos impactaron por varios motivos. Uno de ellos es el aterrizaje de la política identitaria como fuerza electoral, expresada en causas que pueden ir desde el feminismo hasta el ambientalismo. Sin embargo, esto no es exclusivo de la política. Crecientemente las empresas se están involucrando en causas con fuertes componentes identitarios y políticos, en lo que se conoce como “activismo corporativo”.

Esto es especialmente notorio en EE.UU., donde varias grandes empresas y sus líderes han tomado posición en temas controvertidos como discriminación racial, control de armas, minorías sexuales, inmigración, medioambiente, derechos de la mujer e incluso leyes electorales, cruzando una línea que hasta hace unos diez años parecía impensable.

En parte, esto es consecuencia de que las personas identificadas con ciertas causas disponen de más herramientas que nunca para organizarse y presionar y, a su vez, muchas empresas buscan causas que las pongan en sintonía con sus públicos de interés. El asunto es que lo que en ciertos grupos produce adhesión en otros puede generar rechazo, abriendo un dilema difícil de resolver.

El activismo corporativo ha sido descrito por el Rock Center for Corporate Governance (Stanford) como un arma de doble filo. Distinta evidencia muestra que esta práctica puede aumentar o disminuir la intención de compra por parte de los consumidores, agregar o destruir valor de la empresa, mejorar o empeorar el clima laboral y la capacidad de atraer talentos.

En Chile el fenómeno parece crecer en el marco del descontento social de los últimos años y una generación sub 35 cuya consciencia colectiva está fuertemente anclada en valores como la equidad y la diversidad. Sobre esta base, empresas jóvenes y de fuerte crecimiento, como Karün (anteojos reciclados) y Algramo (venta al detalle) han tomado posición en causas medioambientales o en materia de desigualdad. Líderes empresariales de larga trayectoria también han impulsado causas de evidente connotación política.

Estos casos han dado cuenta de que el activismo corporativo puede mejorar la posición de las empresas en la medida que se sostenga en el sentido de misión de sus líderes, la cultura de la empresa, y el equilibrio entre convicciones e intereses. No debe ser oportunista, pero sí estratégico, contribuyendo en alguna dimensión relevante de la empresa, como valorización, reputación, clima de trabajo, atracción de talentos o relación con la comunidad, ámbitos respecto de los cuales existe evidencia de que el activismo corporativo puede producir efectos positivos. De lo contrario, los costos de entrada pueden ser altos y los de salida aún mayores: abandonar la causa es peor que nunca haberla apoyado.

 

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Imagen por Reuters

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