Como los icebergs que se agrietan por mucho tiempo y se desprenden espectacularmente de una vez, las sociedades pueden acumular malestares que se manifiestan por años sin alterar su estructura, hasta que un evento gatillante las sacude y cambia su fisonomía. Eso es lo que pasó hace dos años en Chile, y es lo que podría pasar si seguimos en la actual trayectoria polarizadora.

El río está revuelto hace muchos años, lo que ha permitido, como en muchos países, que una minoría agitadora empuje a la mayoría moderada a la irrelevancia. Así, las instituciones que ya teníamos para canalizar conflictos -fundamentalmente el Congreso y los partidos- y la Convención Constitucional que creamos para estos efectos, con demasiada frecuencia parecen tener fines desviados de sus principios, amplificando viejos conflictos y creando otros nuevos. Parece no haber otra alternativa que estar a favor de la protesta o del orden, del pueblo mapuche o del Estado, del medioambiente o del desarrollo económico, de los inmigrantes o de los chilenos, de los privilegiados o del pueblo.

La polarización no se trata tanto del cambio de opinión de las personas como de la restricción de sus alternativas. De esta manera el moderado, huérfano de opciones que lo identifiquen, no tiene más que adherir a los polos o renunciar a la discusión. En ambos casos se refuerza la dinámica polarizadora, un ejemplo perfecto de círculo vicioso. Resulta sintomático que Boric y Kast, aparentemente los dos presidenciables en mejor posición, puedan ser los candidatos de segunda vuelta que más han celebrado a Allende y Pinochet respectivamente, en lo que va de este siglo.

Por ahora tenemos una elite política polarizada y una sociedad fragmentada, pero la trayectoria que están siguiendo los acontecimientos nos podría llevar a que la sociedad adquiera los patrones polarizadores de la política actual, no por convicción sino por ausencia de alternativas. En las actuales condiciones, las próximas elecciones de noviembre y diciembre, el comienzo del debate de contenidos en la Convención Constitucional, el conflicto mapuche, nuevos eventos de movilización social trenzada con violencia, y el plebiscito de salida del proceso constituyente, tienen la composición química necesaria como para constituirse en eventos polarizadores. Un escenario económico cada vez más áspero, la inflación, la crisis de salud mental y el incierto curso de la pandemia, además de patrones estructurales como la desigualdad y segregación social, pueden ser eficientes acelerantes de este proceso.Durante años, dimos por sentada la moderación de nuestra sociedad y vimos el fenómeno de la polarización con distancia y cierta sensación de inmunidad. Los supuestos que sostenían esa tesis ya no existen. No estamos condenados a este mal, pero tampoco estamos libres. Para estos efectos, nuestra sociedad necesita que quien gobierne y quienes legislen a partir de 2022 sean capaces de implementar nuevas políticas redistributivas -mayor equidad- preocupándose de tener algo que redistribuir, esto es, impulsando un crecimiento sostenible basado en la certeza jurídica. Desde el punto de vista político electoral, la Comisión de Sistema Político de la Convención haría un gran favor al ofrecer al Pleno una propuesta que desincentive la llegada de los extremos al Congreso, por ejemplo, disminuyendo el número de escaños por distrito y definiendo umbrales mínimos de votación para los candidatos.Volver a dar a los moderados la posibilidad de tener incidencia en el debate político, debiera ser una prioridad de nuestra institucionalidad, alejando así la posibilidad de caer en la espiral polarizadora que tanto daño ha hecho a otros países.

 

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