La relación entre gobiernos y empresarios suele ser evaluada en el eje confianza – desconfianza. Sin embargo, lo que necesitan unos y otros de su contraparte dista de ser idéntico. Los gobiernos pueden vivir sin confiar en los empresarios. Hasta un punto, tienen el deber de desconfiar y pueden elegir muchas vías -todas destinadas al fracaso- para hacerlo en exceso: negar el diálogo, cruzar la delgada línea entre regulación y asfixia, en el extremo cancelar su iniciativa y reemplazar su rol por el del Estado. El caso del sector privado es distinto. Este sí requiere un mínimo de confianza en el gobierno para seguir operando y algo más para invertir. La pregunta entonces es en qué punto se encuentra esta relación.

El ascenso de Boric se construyó sobre la base del malestar social, que incluyó una retórica crítica no solo hacia las empresas, sino hacia el capitalismo en general. Pero también es un demócrata que ha dado muestras de pragmatismo. En este espacio se inscriben sus mal llamadas “volteretas”, que no son otra cosa que demostraciones de su sentido de realidad. La estrategia del litio, que incluye control estatal de los principales salares, pero también un acuerdo de Codelco con SQM, es un buen ejemplo de la tensión que lo habita.

Boric es un político dialogante, capaz de poner sus decisiones en un lugar distinto al de sus convicciones personales. Pero la experiencia de un privado con el Gobierno puede variar mucho, dependiendo de la repartición con que deba lidiar y, más precisamente, del actor específico con que le toque vincularse. Es evidente la tensión entre ministerios que están buscando la forma de crear un clima que favorezca la inversión y otros que no sólo consideran esto como ajeno a su misión, sino que ven el diálogo con los empresarios como algo poco presentable. Por último, está el problema del Presidente como jefe de coalición. Debe satisfacer demasiadas demandas, muchas de ellas contradictorias, para mantener a la alianza de gobierno unida. Eso lo hace impredecible.

Así, el punto de confianza de los empresarios hacia el gobierno parece estar en la zona media baja de la escala. Quizás confían lo necesario como para no salir corriendo -como pasó entre el estallido y el plebiscito de 2022- pero no lo suficiente como para apostar en grande. Su confianza parece estar demasiado sujeta al contexto. No ven que el Presidente haya cambiado su punto de vista sobre el capitalismo, pero tampoco creen que vaya a avanzar sin contemplaciones contra éste, no con un Congreso en el que no tiene mayoría y en un clima de opinión pública marcado por prioridades conservadoras. No confían en sus convicciones políticas, pero sí en las democráticas. No ven que Boric sea Allende, pero tampoco Lagos.

¿Esta relación puede cambiar? Es difícil. El Presidente tendría que prescindir de la mitad de su coalición o actuar en contra de esta mitad, en un (otro) año electoral y arriesgando ese sólido 30% que sostiene el proyecto político del oficialismo.

Por Rafael Sousa, socio en ICC Crisis, profesor de la Facultad de Comunicación y Letras UDP

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