Pensemos en la incertidumbre como un estado en que las preguntas generan más ansiedad que las respuestas alivio. ¿Es eso lo que hemos estado viviendo como sociedad a propósito de la crisis social y la pandemia? La mayoría probablemente está de acuerdo en que sí. Sin embargo, muchas de las posiciones frente a este escenario se basan en dos supuestos que pueden empeorar la situación. Primero, pensar que la incertidumbre se supera manteniendo las cosas en el mayor grado de similitud posible a su estado anterior (digamos, al 17 de octubre del año pasado). Y segundo, asimilar el valor de la incertidumbre a lo que piensan los grandes actores del mercado, desconociendo que otros actores pueden tener un juicio distinto e igualmente relevante para la estabilidad de la economía y el país en general.

La mañana del 15 de noviembre de 2019, luego del “acuerdo por la paz” firmado esa madrugada, los mercados reaccionaban positivamente y la mayor parte del mundo político y empresarial valoraba lo acordado, incluyendo el proceso que podría conducir a una nueva Constitución. Pero la crisis sanitaria y su devastador efecto económico ha producido que muchos cambien de opinión, aludiendo un cambio radical en el escenario, lo que es indudablemente cierto. El error está en estimar que la crisis social ha desaparecido, entrado en un estado de hibernación indefinida producto del coronavirus, o que un proceso político tan profundo deba esperar condiciones económicas mejores.

Que no tengamos movilizaciones actualmente (por motivos obvios), y que quizás no las tengamos en los próximos meses, no puede interpretarse como un cambio en el ánimo social. Chile fue el quinto país en que más se deterioró la paz (peacefulness) según el Global Peace Index de este año, y nada indica que el malestar que hizo estallar a nuestra sociedad se haya esfumado. Por el contrario, no es un despropósito pensar que puede ser potenciado por las carencias que está dejando la pandemia.

Así, salvo para quienes consideren inexistente o superada la crisis social, se puede decir que avanzar en los acuerdos de noviembre de 2019 es una forma de canalizar la incertidumbre más que de incrementarla, y su progreso solo debiera estar condicionado por la variable sanitaria. El rol que tienen las instituciones en democracias liberales es justamente el de procesar conflictos. No hacerlo es el mayor riesgo que podemos asumir.

 

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