Publicado el: 16 octubre, 2019

Imaginen dos líderes con opiniones diametralmente opuestas que han decidido resolver sus diferencias en una pelea de boxeo. El anunciador los presenta enumerando algunas de sus convicciones. El primero cree que hay que acabar con el capitalismo porque está destruyendo el planeta y que cualquier control hacia la inmigración es discriminatorio. Para el segundo, el cambio climático es un invento y los inmigrantes vienen a quitarle el trabajo a los chilenos.

El anunciador les explica las normas del combate, pero les da la oportunidad de llegar a un acuerdo. Ellos dudan, aunque al ver a sus fanáticos enajenados se sienten nuevamente impulsados a pelear. Y empiezan. A los pocos segundos ambos se olvidan de las reglas y el espectáculo deriva en una pelea callejera. Muchos espectadores avergonzados se van, quedan sólo los fanáticos.

Crecientemente estamos viendo esta dinámica en el debate público chileno, no tanto a través de líderes propiamente populistas, sino mediante la incorporación de recursos retóricos populistas en el discurso político mainstream.

Una investigación reciente sobre este tema en mandatarios de 40 países (The Guardian, 2019), muestra que la retórica populista se ha duplicado desde el año 2000, siendo un eje común, tanto en el discurso populista de derecha como de izquierda, el “encuadre de la política como una batalla maniquea entre la voluntad de la gente común y las élites corruptas y egoístas”.

El hecho que -cada vez más- los líderes usen la retórica populista, muestra que lamentablemente es un recurso que puede rendir: fortalece la cohesión de quienes tienen convicciones agitadas y facilita el control de la agenda mediática. Esta estrategia toma el clima de desconfianza hacia las instituciones como una oportunidad (si las instituciones están desprestigiadas no nos preocupemos por respetarlas) y al conocimiento técnico como una especie de lomo de toro plano en el que no es necesario detenerse. Dos rasgos a través de los cuales es posible identificar esta retórica son la alusión permanente a enemigos genéricos (por ejemplo las empresas en el populismo de izquierda y los inmigrantes en el de derecha) y la pretensión de estar hablando en nombre de “la gente”.

El daño que esto provoca a la democracia es evidente, lo estamos viendo en varios de los países más desarrollados del mundo. La única forma de frenarlo en Chile es ser críticos sobre esta retórica, especialmente cuando enuncia principios que nos identifican.

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