7 de junio de 2017, Pulso – columna de Rafael Sousa

BUSINESS AS UN-USUAL

La defensa de los intereses es legítima y necesaria, pero insuficiente para sostenerse en la actual sociedad. El desafío empresarial de arraigarse requiere de una lógica distinta.

En las últimas semanas ha ocurrido algo que no estamos acostumbrados a ver: varios de los hombres de más peso e influencia del empresariado chileno han transmitido sus puntos de vista a través de los medios y las redes sociales. Más que eso, han hecho públicos sus estados de ánimo. Han apelado al más esencial sentido común explicando que son humanos y, por lo tanto, falibles. Incluso algunos han pedido perdón impulsados -creo- no por un sentimiento de culpa, sino más bien de incomodidad frente a un clima social que no logran interpretar. Manifiestan incertidumbre o incerteza como lo ha precisado el presidente de Colbún, Bernardo Larraín, distinguiendo entre las condiciones con que las empresas están dispuestas a lidiar -como la volatilidad y el empoderamiento social- y aquellas con que se les hace imposible convivir, como podrían sr la discrecionalidad y arbitrariedad del Estado. Por último, se puede notar en los empresarios un profundo malestar y sensación de injusticia producto de las denotaciones, acusaciones, las muchas reformas y la poca consideración que ven hacia sus planteamientos.

Hoy todo parece exactamente lo contrario de lo que elegirían los empresarios. Van a pagar más impuestos, tendrán sindicatos con más atribuciones, se debate el cambio de una Constitución que les ha dado certezas y por todos lados aparecen casos que pulverizan su imagen frente a la opinión pública. Las grandes inversiones inmobiliarias, mineras y en energía, entre otras, atraviesan ásperos procesos antes de materializarse o para terminar en nada, algunas veces definitivamente por mala lectura del entorno socio-político y otras por lo que interpretan como arbitrariedades de la autoridad.  Una era de business as un-usual. En este contexto, la partida de Hernán Büchi a Suiza se ha transformado en el símbolo del pesimismo empresarial, una especie de acción arte que como tal sigue generando reacciones en los polos del repertorio emocional: complicidad o rechazo, ovación o pifia. Pero el hecho es que la gran mayoría de los empresarios se va a quedar y para superar los estados de ánimo que dominan el ambiente necesitan seguir el cambio contrario a Büchi. Eso significa no solo quedarse, sino arraigarse en la sociedad.

La respuesta de los líderes empresariales en este escenario requiere de mayor4 audacia. Pese a que se ha avanzado, sigue habiendo un problema de diagnóstico en el mundo de los negocios. Aunque muchos empresarios han instalado la necesidad de reconstruir las confianzas, la verdad es que esto aplica fundamentalmente a la relación entre el sector privado y la autoridad política -central en el desarrollo- pero no a la relación entre el sector privado y la sociedad, donde todo indica que más que restablecer la confianza hay que crearla. Tampoco es “explicar mejor lo que hacemos”, lo que equivale a mirar un vínculo empresas-sociedad como uno entre el iniciado y el ignorante o reducirlo a una campaña de propaganda, desconociendo que se trata de un proceso permanente, una relación cada vez más simétrica.

La defensa de los intereses es legítima y necesaria, pero insuficiente para sostenerse en la sociedad actual. La cultura de las empresas llega siempre a pensar en términos objetivos y da un valor instrumental a los procesos, es decir, los evalúa según su contribución al objetivo. El desafío de arraigarse en la sociedad requiere una lógica distinta pensar en ese proceso como un objetivo en sí.

 

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